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A comienzos del año 2005 se dio a conocer públicamente, en principio a partir de medios periodísticos , que una persona residente en la ciudad de Paraná (Entre Ríos), el Sr. Blas Wilfredo Omar Jaime, por entonces de 71 años de edad, manifestaba poseer conocimientos de la lengua chaná, un idioma cuya última documentación escrita anterior se había producido en 1815 , y que se consideraba extinguido desde comienzos del siglo XIX .

La noticia era sensacional desde todo punto de vista, ya que constituye el único caso hasta ahora conocido de una lengua aborigen de nuestro país que haya permanecido “en silencio” durante tanto tiempo. El primer trabajo lingüístico sobre los nuevos datos de la lengua chaná se presentó ese mismo año, en el X Congreso de la Sociedad Argentina de Lingüística realizado en la ciudad de Salta . El Senado de la Nación consideró a este trabajo de valor suficiente como para declarar –exclusivamente a partir de él- de interés cultural a dicho Congreso .
La lengua chaná, de la que el Sr. Jaime parece ser la última persona con alguna competencia , se clasifica como perteneciente a la familia lingüística charrúa. Su cultura, sin embargo, parece haber sido muy diferente a la de los otros pueblos cuyas lenguas pertenecían a la misma familia, los charrúas y los minuanes. Estas últimas dos etnias estaban conformadas por grupos de cazadores-recolectores nómades, con una economía basada principalmente en el aprovechamiento de grandes presas (tales como el avestruz y el ciervo de las pampas), con una forma de vida muy similar –por ejemplo- a la de los tehuelches de la Patagonia; y como estos formaron parte de un complejo cultural ecuestre tras la adopción del caballo. En cambio los chanás estaban mucho más ligados al medio fluvial, eran canoeros, no sólo practicaban la caza de animales del monte sino también –en mucho mayor medida- la pesca, eran sedentarios o semi-sedentarios radicados en pequeñas aldeas, manejaban la alfarería y practicaban la agricultura.
Los chanás fueron mencionados por primera vez por cronistas de las expediciones de Magallanes, en 1520. Durante el siglo XVI este pueblo habitaba una zona que comprendía el norte de la actual provincia de Buenos Aires, al menos desde las cercanías de la ciudad de Buenos Aires por el sur, llegando hasta la parte meridional de las provincias de Santa Fe y Entre Ríos por el norte, así como la franja costera opuesta del Río de la Plata, en la actual República Oriental del Uruguay, por el este. En la época colonial, la mayor parte de los chanás fue concentrada en algunas reducciones, particularmente en la de Santiago de Baradero (actual ciudad de Baradero, a 150 kilómetros al norte de la capital de la Argentina, fundada hacia 1615), y en la de Santo Domingo Soriano (actual villa de Soriano, en el departamento homónimo de la República Oriental del Uruguay, fundada en 1660) .
Las dificultades para el estudio del chaná de Don Jaime son serias. Se trata de un idioma léxica y gramaticalmente reducido debido al poco empleo durante décadas, contaminado en los últimos dos siglos con préstamos del español y/o del guaraní, constantemente interferido en la memoria del hablante por el sistema lingüístico dominante. Y hasta el momento sin posibilidades de confrontar el material con el de otro eventual hablante.
No obstante, se trata de datos sumamente valiosos desde muchos puntos de vista. Por una parte, permiten avanzar en el conocimiento del léxico y de la estructura gramatical de la lengua. Por citar un solo caso, en Larrañaga la terminación -tec del verbo timontec ‘escuchar’ no resultaba segmentable. Pero el nuevo material permite aislar el sufijo verbalizador -tek a partir de formas como timotek ‘escuchar’ (de timo ‘oreja’), lantek ‘hablar’, nlepotek ‘obedecer’, etc.
La investigación que se abre debería ser, idealmente, multidisciplinaria. Hay aspectos hasta ahora desconocidos de la cultura chaná sobre los cuales sólo la memoria de Don Jaime puede arrojar alguna luz: un área de estudio interesante para los antropólogos culturales. Sociólogos e historiadores podrían investigar, entre otras cuestiones, cuáles fueron los procesos que condujeron a la invisibilidad social de los chanás durante tanto tiempo. Y estos son sólo algunos ejemplos.
Desde el punto de vista de la lingüística, mientras no aparezca otro hablante, la actual constituirá la última oportunidad que tenemos para aproximarnos a una lengua y a toda una familia lingüística de las que se sabe muy poco, y a una cultura que fue única en el mundo.
La necesidad de registro del chaná es, por lo tanto, sumamente urgente. Cuando una lengua es borrada de la faz de la tierra, se cierra para siempre una ventana que permitía ver el mundo desde una perspectiva única, desaparece una forma irrepetible de ver y entender el mundo. Si el chaná finalmente se desvanece, no solo las diversidades lingüística y cultural de nuestro país habrán sufrido una disminución definitiva. Es la humanidad entera la que se habrá empobrecido.
Texto de J. Pedro Viegas Barros
CONICET-Inst. de Lingüística, UBA |
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